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lunes, 14 de diciembre de 2015

LAICISMO PARA ESPAÑA. EL DÍA DESPUÉS

   
Como ya expuse en el artículo anterior sobre este tema, para declarar una “España Laica” es necesario cambiar la Constitución, que define el estado español como un “estado aconfesional” en colaboración con las distintas religiones de su población, y, en particular, con la Iglesia Católica. En la actualidad, el estado es colaborador pero se declara neutral ante las diferentes opciones religiosas de su población. Pues bien, el laicismo, en tanto que supone una supresión de lo religioso en el ámbito público, no deja de ser una opción religiosa del estado, la que siente todo lo religioso como ajeno; no es una opción en positivo (como sería elegir como propia una confesión religiosa determinada) pero es una opción en negativo; es, en verdad, una opción hostil contra la religión. ¿Y qué necesidad tiene el estado de adoptar una declaración en contra de las confesiones religiosas? Realmente, ninguna. Es tanto como declararle su hostilidad y su supresión de la vida pública a la organización más benefactora de todo el país, a la que supone en la práctica la mayor ONG de España (en cuanto al beneficio social que provoca, que no en su ser misma, pues no es una ONG). Resulta engañoso por parte de quienes defienden esta posición presentarla como una neutralidad del estado, puesto que la neutralidad es el modelo aconfesional que reza nuestra Constitución en vigor; el laicismo es una opción que rompe la neutralidad puesto que lo que hace es situarse en contra del hecho religioso.

   El día después de este nuevo modelo de estado tendría consecuencias inmediatas. Por ejemplo, la supresión de los capellanes de todos los hospitales públicos, de todas las cárceles, de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, del Ejército y las academias militares. Todos ellos se quedarían sin asistencia religiosa inmediatamente. Por supuesto, la salida de la religión del sistema de enseñanza sería otro de los primeros efectos. El estado podría seguir concertando la enseñanza con colegios laicos, pero acabaría con las concertaciones con colegios de ideario religioso, lo cual va en contra de la libertad de enseñanza y la libre elección de la educación por parte de los padres. El estado podría seguir colaborando con cualquier ONG pero no con Cáritas, con Federico Ozanám, Proyecto Hombre o con cualquiera que le mueva una motivación religiosa. ¿No es eso discriminación? A buen seguro que la población española no desea eso. Los ayuntamientos no podrán colaborar con comedores sociales, albergues de transeúntes ni con cualquier centro de atención social de los que tiene abiertos la Iglesia, precisamente por la motivación religiosa. En la prácitca, el estado no se quitaría de encima solo la religión, sino también a los pobres; los dejaría en nuestras manos y no colaboraría en tarea asistencial alguna si la organizaba o la motivaban las creencias religiosas de los fieles. Las creencias religiosas se convertirían en un estigma que impediría un trato entre iguales con respecto a quien no las tuviera.

   Otro aspecto que se vería tocado es el que se refiere al mantenimiento de los edificios artísticos de titularidad eclesiástica. Hasta ahora, las Administraciones colaboran con la Iglesia Católica para mantener en buen estado no pocas iglesias y catedrales. Dado el gran número de templos, la Iglesia Católica no podría sostenerlos todos con sus solos recursos. Cuando un edificio de interés artístico corriera riesgos, podría ser expropiado y nacionalizado para intervenir en él o dejarlo caer. Desde luego, y sobre todo en el ámbito rural, se perderían muchas iglesias, ermitas y santuarios. El patrimonio heredado de nuestros padres se vería desprotegido; a no ser que la Iglesia dejara de atender a la sociedad para dedicar sus recursos a la mejora de sus templos, cosa que no va a ocurrir porque sería tanto como abandonar la misión para la que existe. Edificios como la catedral de Córdoba o la de Jaca podrían ser arrebatados a la Iglesia al estilo Mendizábal. Los de “Podemos” ya se han interesado por hacerse con la titularidad pública de la seo jacetana, mientras que la Junta andaluza del PSOE ya intentó arrebatar la propiedad de la catedral cordobesa y los tribunales lo impidieron. Con una declaración de una España laica, podrían no solo hacerse con la titularidad pública sino, incluso, suprimir el culto y convertirlas en edificios civiles.

   Apelando a la aconfesionalidad del estado, hemos asistido en los últimos años a la retirada de los crucifijos de las escuelas públicas, de los hospitales, de los juzgados, de los salones de plenos en los ayuntamientos y en muchos otros lugares. Se ha hecho retirar la imagen de la Virgen del Pilar en los cuarteles de la Guardia Civil y otras imágenes de sitios públicos donde se encontraban los santos de devoción o los patronos. La ministra de Defensa Carmen Chacón intentó prohibir que los miembros de fuerzas y cuerpos de Seguridad del estado acompañaran, escoltaran o portaran imágenes o pasos en las procesiones de Semana Santa. No lo logró. Es más, todavía salen y entran en los templos a los acordes del Himno Nacional. Incluso, en muchos lugares donde no había tradición de este gesto de honor, lo han adoptado recientemente.


   Una declaración solemne de España como un estado laico se iría desarrollando con leyes y reglamentos llenos de prohibiciones ¿para cambiar nuestras costumbres, nuestras tradiciones?, ¿para cambiar lo que somos? Un país que respete los derechos de todos los ciudadanos no puede llenarse de prohibiciones. A la mayoría de los españoles no nos gustaría vivir bajo esa presión. Ya digo que lo han intentado en el pasado y que no lo han conseguido. No malgasten fuerzas ahora en calzarnos a la fuerza lo que no es más que la imposición de una ideología. Reconozcan lo que somos, lo que nos configura y dejen tranquilas nuestras libertades, que para eso son libertades. Dejen la declaración constitucional tal y como está y no quieran meter mal donde no es ni justo ni necesario.     

domingo, 6 de enero de 2013

La Navidad, Izquierda Unida y el número Pi

Cuando ya los Reyes Magos han dejado los regalos en los balcones y ventanas de los niños españoles, algún que otro concejal de IU ha lucido las barbas postizas en las cabalgatas del día cinco de enero. Cuando la Navidad estaba al caer, algunos de sus diputados levantaron la polvareda de turno, que unos u otros repiten año tras año, situándose con su gran cultura y sapiencia por encima de la Navidad, tan poco democrática cuando muestra su vertiente religiosa. Todo fue porque el Presidente del Congreso de los Diputados incluyó en su tarjeta de felicitación una minuatura del siglo XV que representa la escena del Nacimiento. Bueno, pues armaron la "marimorena" ante semejante despropósito de la imposición religiosa a todos los diputados y acabaron recomendando al sr. Posada que se guarde la miniatura para verla en su intimidad.

Veamos. El Congreso de los Diputados está configurado en España por 350 diputados. De ellos, en la actualidad, Izquierda Unida tiene once, lo que mejora muchisimo su representación en la legislatura anterior que, si no me engaño, estaba en un solo diputado. Pero no, no quiero minimizar su presencia; es de justicia hablar de su representación actual y no de la de otras etapas legislativas. Once diputados sobre 350 del total, suponen una representación del 3,14. Puesto que los escaños son la representación de la población española, podemos obtener los porcentajes de la misma. Tomando como totalidad de la población española cuarenta y seis millones de habitantes -aunque es algo superior-, Izquierda Unida tiene una representación de 1,44 millones de españoles. Es, más o menos, el equivalente a la ciudad de Valencia.

Analicemos brevemente. La palabra "NA-VI-DAD" es un apócope de la palabra NA-TI-VI-DAD. No menciona de quién, pero no es necesario. En la anterior legislatura, el Gobierno de Zapatero quiso suprimir la palabra del calendario escolar y pretendió llamarla "fiestas de invierno" o "vacaciones de invierno". Igual que en otros terrenos han jugado con el lenguaje y con los conceptos, cayeron en el absurdo y el ridículo al querer suprimir o modificar el concepto de "Navidad". La palabra, en inglés, menciona el nombre de Cristo (Christ-mas viene de Christus); en italiano es "Natale", haciendo referencia al alumbramiento de Jesucristo; y así sucesivamente. Luego, que cada uno celebre lo que quiera y viva con lilbertad estas fiestas según sus costumbres, creencias o descreencias. Pero lo que no se puede es tratar de inmponer a todos una sola forma de ver las cosas, porque, insisto, la propia palabra, en este caso, expresa su significado y su cocepto. Si hiciéramos caso a este 3,14 de los representantes del pueblo, habría que prohibir que sonasen en espacios públicos y en la radio y TV públicas melodías como "Noche de Paz", "Adeste Fideles"; la Orquesta de RTVE debería suprimir todo su repertorio religioso, incluido el "Aleluya" de Häendel, Réquiem de Mozart y mucho más; habría que prohibir las reproducciones de escenas de obras pictóricas con temática navideña en los sellos de correos o en los décimos de la lotería de Navidad o de El Niño; y así un largo etcétera de cosas. Me temo que este tipo de medidas han ocurrido solo en países donde no se respetaban, precisamente las libertades de las personas. En España y en este momento sería, desde luego, caer en lo ilógico y en el absurdo.

Estoy convendio de que lo que yo piense no va a tener repercusión alguna en ninguna formación política ni en la política nacional, pero pienso algo más que no quiero dejar de exponer. La izquierda política se caracteriza, al menos en la teoría, por el favorecimiento de las políticas sociales. La iglesia Católica es la institución que mayor obra y acción social desarrolla en nuestro país. Si éste es un punto en común y España está atravesando unos momentos de especial sufrimiento social, ¿por qué en lugar de tirarnos pedradas por cuestiones ideológicas no unimos nuestras fuerzas en una acción social coordinada y conjunta? Desde luego, la mayor beneficiaria sería la población española y, entre ella, los más pobres y necesitados. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que buscamos unos y otros? Es verdad que esta colaboración se da en no pocos ayuntamientos, donde la política se ejerce más a pie de calle, pero ¿por qué no hacer lo mismo en un gran pacto nacional? Después, que cada uno crea libremente en lo que quiera, pero los pobres nos reclaman a unos y otros y estamos perdiendo la oportunidad de unir fuerzas para favorecerles con mucha mayor eficacia. Y es que todas las izquierdas tienen una representación muy muy amplia en el Parlamento y en la sociedad española. Muy pocos verían ese pacto con malos ojos.